Tranquilízate, lector: no se trata de un prólogo grave pegado á un libro de entretenimiento, lastre de plomo de algo tan leve como el ala de la mariposa: sólo encontrarás aquí unas cuantas advertencias, por otra parte innecesarias si para mí no rigiesen distintas leyes que para los demás autores, y si en mí no se calificase de delito lo que en ellos es acción indiferente, cuando no gracia merecedora de aplauso.
No ignorarás que he escrito á estas fechas gran número de cuentos, pero acaso te sorprenda si digo que pasan de cuatrocientos, y á todo correr se acercan á quinientos ya. No pocos, antes de ser recogidos en volumen, andan vertidos á varias lenguas en tierras muy lejanas, á pesar del descuido de una autora que no por indiferencia ni por desdén, sino por falta de tiempo, suele no contestar á las amables cartas de sus bondadosos traductores.
De estos cuatrocientos y pico de cuentos hay tres ó cuatro de los cuales se murmuró; para decir más verdad, de quien se murmuró no fué de ellos, sino de mí, negándome la propiedad del asunto. Ninguno de los incluídos en el presente volumen ha sido discutido, que yo sepa, en concepto tal; pero me adelanto, lector, á advertirte que tres de los que aquí te ofrezco no son míos por el asunto, y cinco ó seis tampoco son patrimonio de mi inventiva, sino narraciones de casos auténticos y reales--lo que Fernán Caballero llamaba sucedidos.--Yo los vestí y arreglé á mi manera, unas veces por gusto y capricho, otras, sobre todo cuando se trata de sucesos recientes, por respetos á la vida privada ajena.
Al ver la luz en El Imparcial el cuento titulado La sirena, consigné en nota que su asunto estaba tomado de un lindo y breve apólogo de Leopoldo Trenor, La gata blanca. Después hubo quien me aseguró que el apólogo, á su vez, se funda en una poesía alemana. No he podido comprobar la aserción, y queda rectificada de antemano, si fuese inexacta y si el señor Trenor, en vez de hacer como yo hice, hubiese concebido la idea primera del apólogo.
La cabellera de Laura es libre glosa de un ejemplo que refiere el franciscano Padre Juan Laguna en sus Casos raros de vicios y virtudes para escarmiento de pecadores.--Mi suicidio y Cuento soñado, son pensamientos que me sugirió platicando el ilustre y venerable Campoamor; y aunque él, á fuer de opulento, no reclamaría nunca esas dos perlitas, me complazco en agradecerle el donativo y en pedirle excusas por el engarce.
Y pues se trata de perlas, vamos á La perla rosa. Verdaderamente me asombra, lector entendido, que mis vigilantes aduaneros y agentes del resguardo no hayan gritado ¡matute! cuando inserté ese cuento en El Liberal. Me denuncio, ya que ellos se duermen. A los pocos meses de aparecer en El Liberal La perla rosa, ví en el mismo diario un cuento ajeno, firmado por León de Tinseau, y titulado La perla negra, que, además de la semejanza del título, ofrecía coincidencias de asunto. En ambos cuentos, la pérdida de una perla descubre la falta de una mujer. Leído el cuento de Tinseau, tuve esperanzas de que fuese posterior en fecha al mío, y escribí á Miguel Moya rogándole me dijese dónde lo había encontrado. Al saber que en un libro que lleva por epígrafe Mon oncle Alcide, lo encargué á Francia, y ví que estaba impreso hacía tres ó cuatro años. Por lo tanto, á la letra, yo soy quien ha aprovechado una idea de Tinseau. Los que no den crédito á mi afirmación de que ni sospechaba la existencia de La perla negra cuando escribí La perla rosa, dueños son de afirmar á su vez que ésta es hija de aquélla. Sin falsa modestia, debo añadir que La perla rosa tiene mejor oriente.
Con igual sinceridad declaro que si el cuento de Tinseau resultase escrito después que el mío, no por eso creería yo á ojos cerrados que era imitación ó copia. Algún celebrado escritor español podría atestiguar que no padezco la obsesión de tomar las coincidencias fortuitas por atentados contra mi propiedad; algún francés podría dar fe de lo mismo. Ideas análogas se les ocurren á escritores contemporáneos sujetos á influencias similares, y no lo dudará nadie que conozca la historia literaria. No insisto, porque he prometido no cansarte, lector, al menos á sabiendas.
Supongo que no necesita apología el hecho de que varios cuentos míos se funden en sucesos reales. Las corrientes vienen y van; hace veinte años, tal vez incurriría en censura de los doctores de la iglesia crítica, no por basar en la realidad ciertos cuentos, sino por inventar de pies á cabeza la inmensa mayoría de los que escribo. Ambos procedimientos, á mi entender, son igualmente lícitos, como lo es el refundir asuntos ya tratados, ó el buscarlos en la tradición y la sabiduría popular ó folklore. No hay género más amplio y libre que el cuento; no hay, entre los más insignes, cuentista algo fecundo que no explote todas las canteras y filones, empezando por el de su propia fantasía y siguiendo por los variadísimos que le ofrecen las literaturas antiguas y modernas, escritas y orales. De chascarrillos que corrían de boca en boca se hizo recientemente un libro, redactado por ilustres escritores, y en el Prólogo que lo encabeza, una pluma famosísima consignó el principio de que al cuentista le basta la propiedad de la forma de que sabe revestir el cuento más resobado, trillado y vulgar. El principio estaba ya sancionado por la práctica, y no era necesario el nuevo ejemplo para legitimar lo que de tiempo inmemorial venía practicándose.
Por otra parte, quizás nunca como ahora ha sobreabundado la invención en los cuentistas. Antaño era usual apoderarse de una colección de apólogos ó fábulas orientales--persas ó chinas, árabes ó indianas--y, sin más ceremonias, traduciéndolas y adaptándolas en lenguaje castizo, se graduaba un escritor de cuentista y de moralista. El cuento literario original es relativamente novísimo en las literaturas occidentales: procede de la transformación de la poesía épico-lírica, y tiene precedentes, no sólo en los fabliaux y en los ejemplos de los libros devotos (aun hoy mina inagotable para el cuentista) sino en ciertas composiciones poéticas con argumento; verbi-gracia, las Cantigas de Alfonso el Sabio y las baladas alemanas. Noto particular analogía entre la concepción del cuento y la de la poesía lírica: una y otra son rápidas como un chispazo, y muy intensas--porque á ello obliga la brevedad, condición precisa del cuento.--Cuento original que no se concibe de súbito, no cuaja nunca. Días hay--dispensa, lector, estas confidencias íntimas y personales--en que no se me ocurre ni un mal asunto de cuento, y horas en que á docenas se presentan á mi imaginación asuntos posibles, y al par siento impaciencia de trasladarlos al papel. Paseando ó leyendo; en el teatro ó en ferrocarril; al chisporroteo de la llama en invierno y al blando rumor del mar en verano, saltan ideas de cuentos con sus líneas y colores, como las estrofas en la mente del poeta lírico, que suele concebir de una vez el pensamiento y su forma métrica. De las ideas que en tropel me acuden, no aprovecho la mitad; desecho infinitas, no sólo por creerlas desde el primer instante indignas de vivir, sino porque algunas me parecen atrevidas, peligrosas y capaces de horripilarte, ¡oh lector no siempre benévolo! Si esto pasa con las ideas de cosecha propia, en mayor proporción quizás acontece con las que me sugieren los libros viejos, y sobre todo, las que se fundan en datos de la vida real. Por fuerte y viva que supongamos la fantasía de un escritor, jamás llega al límite de la realidad posible. Cuanto pudiésemos fingir, queda muy por bajo de lo verdadero. Llamamos inverosímil á lo inusitado; pero no hay acaecimiento extraño, monstruoso, espeluznante y peregrino que no conozcamos por la realidad. Lo saben los de mi profesión: nunca se puede incorporar á la literatura toda la verdad observada, so pena de ser tildado de extravagante, de escritor descabellado y de bárbaro sin gusto ni delicadeza; y sin embargo, las mayores osadías y crudezas de la pluma, aunque sea de hierro y la mojemos en ácido sulfúrico, son blandenguerías para lo que escribe en caracteres de fuego la realidad tremenda.
He observado el estremecimiento del público ante ciertos cuentos verdaderos. Ahí están, para ejemplo en el presente tomo, Los buenos tiempos y Sor Aparición. De Sor Aparición se espantó mucha gente. Releo el cuento despacio y no puedo explicarme tal horror, sino por la crueldad de lo real que palpita en él. La narración pienso que está hecha en términos bien honestos, con el mayor recato y decoro posible; además, he modificado la historia, y presentado á la infeliz enamorada del burlador Camargo cuando ejercita la más rigurosa y ejemplar penitencia. Tantos años de mortificación y de lágrimas la impuse, que deben bastar para sosiego del más asombradizo. La verdad estricta es que ignoro el paradero de la víctima de esa broma infame, dada por uno de nuestros mayores poetas románticos. No sé si entró en un convento, si se entregó á la disipación, ó si vegetó en la indiferencia; pero me ha parecido que, dentro de la concepción ideal del cuento, tenía que expiar su yerro para ennoblecer su desventura. Y cátate que, así y todo, bastante gente se persignó, como se persignó al leer Los buenos tiempos, historia trágica de la cual se conservan testimonios y recuerdos todavía. Acaso el público sea hoy mas nervioso é impresionable que en otras épocas; sólo así se comprende que de libros de devoción clásicos y venerables no se pueda extraer un cuento sin que se alborote el cotarro y se desquicie la bóveda celeste. De esto volveremos á hablar, oh lector, cuando publique mis Cuentos sacro-profanos.
EMILIA PARDO BAZÁN.
El amor asesinado
Nunca podrá decirse que la infeliz Eva omitió ningún medio lícito de zafarse de aquel tunantuelo de Amor, que la perseguía sin dejarla punto de reposo.
Empezó poniendo tierra en medio, viajando para romper el hechizo que sujeta al alma á los lugares donde por primera vez se nos aparece el Amor. Precaución inútil, tiempo perdido; pues el pícaro rapaz se subió á la zaga del coche, se agazapó bajo los asientos del tren, más adelante se deslizó en el saquillo de mano, y por último, en los bolsillos de la viajera. En cada punto donde Eva se detenía, sacaba el Amor su cabecita maliciosa y la decía con sonrisa picaresca y confidencial: «No me separo de ti. Vamos juntos».
Entonces Eva, que no se dormía, mandó construir altísima torre bien resguardada con cubos, bastiones, fosos y contrafosos, defendida por guardias veteranos, y con rastrillos y macizas puertas chapeadas y claveteadas de hierro, cerradas día y noche. Pero al abrir la ventana, un anochecer que se asomó agobiada de tedio á mirar el campo y á gozar la apacible y melancólica luz de la luna saliente, el rapaz se coló en la estancia; y si bien le expulsó de ella y colocó rejas dobles, con agudos pinchos, y se encarceló voluntariamente,--sólo consiguió Eva que el Amor entrase por las hendiduras de la pared, por los canalones del tejado ó por el agujero de la llave.
Furiosa, hizo tomar las grietas y calafatear los intersticios, creyéndose á salvo de atrevimientos y demasías: mas no contaba con lo ducho que es en tretas y picardigüelas el Amor. El muy maldito se disolvió en los átomos del aire, y envuelto en ellos se le metió en boca y pulmones, de modo que Eva se pasó el día respirándole, exaltada, loca, con una fiebre muy semejante á la que causa la atmósfera sobresaturada de oxígeno.
Ya fuera de tino, desesperando de poder tener á raya al malvado Amor, Eva comenzó á pensar en la manera de librarse de él definitivamente, á toda costa, sin reparar en medios ni detenerse en escrúpulos. Entre el Amor y Eva, la lucha era á muerte, y no importaba el cómo se vencía, sino sólo obtener la victoria.
Eva se conocía bien, no porque fuese muy reflexiva, sino porque poseía instinto sagaz y certero; y conociéndose, sabía que era capaz de engatusar con maulas y zalamerías al mismo diablo, que no al Amor, de suyo inflamable y fácil de seducir. Propúsose, pues, chasquear al Amor, y desembarazarse de él sobre seguro y traicioneramente, asesinándole.
Preparó sus redes y anzuelos, y poniendo en ellos cebo de flores y de miel dulcísima, atrajo al Amor haciéndole graciosos guiños y dirigiéndole sonrisas de embriagadora ternura y palabras entre graves y mimosas, en voz velada por la emoción, de notas más melodiosas que las del agua cuando se destrenza sobre guijas ó cae suspirando en morisca fuente.
Y el Amor acudió volando, alegre, gentil, feliz, aturdido y confiado como niño, impetuoso y engreído como mancebo, plácido y sereno como varón vigoroso.
Eva le acogió en su regazo; acaricióle con felina blandura; sirvióle golosinas; le arrulló para que se adormeciese tranquilo, y así que le vió calmarse recostando en su pecho la cabeza, se preparó á extrangularle, apretándole la garganta con rabia y brío.
Un sentimiento de pena y lástima la contuvo, sin embargo, breves instantes. ¡Estaba tan lindo, tan divinamente hermoso el condenado Amor aquél! Sobre sus mejillas de nácar, palidecidas por la felicidad, caía una lluvia de rizos de oro, finos como las mismas hebras de la luz; y de su boca purpúrea, risueña aún, de entre la doble sarta de piñones mondados de sus dientes, salía un soplo aromático, igual y puro. Sus azules pupilas, entreabiertas, húmedas, conservaban la languidez dichosa de los últimos instantes; y plegadas sobre su cuerpo de helénicas proporciones, sus alas color de rosa parecían pétalos arrancados. Eva notó ganas de llorar...
No había remedio; tenía que asesinarle si quería vivir digna, respetada, libre... Y cerrando los ojos por no ver al muchacho, apretó las manos enérgicamente, largo, largo tiempo, horrorizada del estertor que oía, del quejido sordo y lúgubre exhalado por el Amor agonizante.